lunes, 4 de mayo de 2020

Sobre el deseo del analista

Henri Matisse

Lacan considera al psicoanálisis como una experiencia intransmisible, razón fundamental por la cual cada psicoanalista está “forzado a reinventar el psicoanálisis”. [1]

Hablar de transmisión en psicoanálisis equivale a hablar de transmisión de saber, de tal manera que lo intransmisible en psicoanálisis está referido al saber.

Por ello cuando los psicoanalistas son llamados a reinventar el psicoanálisis se les invita a reconstruir, a reinventar un saber sobre eso que no se puede transmitir. Una afirmación análoga  plantea Lacan en la Proposición: “lo no sabido se ordena como el cuadro del saber”. [2]

La invención de saber sobre lo no transmisible de la experiencia constituye la esencia del procedimiento que Lacan llamó el Pase, uno de cuyos objetivos constituye el aislamiento, la identificación de un significante “fuera de cadena”, es decir fuera del conjunto del saber del Otro. Significante nuevo, nombre del goce reducido a la marca que designa el saber ser un deshecho de la llamada humanidad [3], tal significante nuevo deviene por tanto escritura del objeto (a).

En el pase el analista ha dado cuenta de una invención de saber que le ha permitido tener acceso a su posición de goce con su correspondiente correlato de horror. El analista del pase podrá entonces dirigir una cura a partir de una reducción al objeto (a) y en esta  operación será posible verificar el deseo del analista.

El deseo del analista participa en las diversas modulaciones del tiempo lógico de una cura psicoanalítica; ver, comprender, concluir. Es un hecho visible que los que acuden al psicoanálisis en busca de ayuda mejoran de lo que los aqueja, sin embargo ¿cómo comprender  de qué manera  el deseo del analista incide sobre lo real del goce del síntoma? Y También ¿cómo concluir, en términos de saber, de deseo de saber en tanto expresión del deseo del analista, lo que un sujeto al final de la experiencia ha ganado sobre ese real al situarse más allá del fantasma?

Trataremos de adentrarnos en tales cuestiones.

I)  La verdad y el saber en el deseo del analista

La cura psicoanalítica parte de un algoritmo para terminar en una letra, signo de un final. Tiene su punto de partida en el saber supuesto que inaugura la transferencia y concluye en la identificación de la marca producida por el objeto (a). Que la experiencia analítica se inicie con el sujeto supuesto saber no significa que la operación analítica sobre el síntoma se realice sobre el saber. Lacan nos enseña que tal operación es ejercida sobre la verdad del inconsciente implicada en el síntoma. Es lo que permite a Freud plantear la finalidad terapéutica de un análisis: levantar la represión para que pueda aparecer la verdad oculta, velada, en el síntoma. El desciframiento del elemento inconsciente del síntoma consiste en el otorgamiento de un sentido al significante reprimido.

En este contexto el inconsciente es planteado por Lacan como equivalente de la verdad y el deseo del analista es concebido como el deseo del Otro. Se trata de un deseo que coloca al analista en tanto Otro a  cumplir una función en varios sentidos: destinatario del síntoma, participante en el guion fantasmático, interprete del inconsciente del sujeto, amo de la verdad.

El deseo del analista se presenta en este plano como un correlato de la definición  del inconsciente como discurso del Otro. El deseo del analista como deseo del Otro viene a ser  no solo lo que facilita en la cura analítica el acceso al discurso del inconsciente sino lo que permite su interpretación: “el deseo es su interpretación”.

Para que la verdad del inconsciente pueda ser develada es necesario que el saber sea inicialmente puesto a un lado. Freud se muestra cartesiano cuando sugiere iniciar una cura ignorando, anulando, el saber que se pueda haber obtenido de experiencias anteriores.

Los efectos de verdad vendrán en la cura a ocupar el lugar vacío del saber, del sujeto supuesto saber, lugar que en ningún caso deberá ser asumido ni llenado por el analista. Progresivamente, gracias al discurso analítico, en el lugar de la verdad se ira situando un saber efectivo resultante del trabajo de elaboración analítica, lográndose así el viraje del inconsciente como verdad al inconsciente como saber o lo que es lo mismo el saber pasa a ocupar la posición de la verdad. Solo el discurso analítico logra esa conversión de  verdad en saber inconsciente, pues en el discurso del inconsciente existe un desencuentro entre la verdad y el saber.

Si bien la verdad del inconsciente es susceptible de revelación,  el saber inconsciente  será objeto de denuncia en el análisis, tal como lo señala Lacan en la Nota italiana: “La verdad solo sirve para hacer un lugar en donde se denuncia el saber”. ¿Y qué es lo que se denuncia? Tanto el sin sentido como  la inconsistencia del saber del inconsciente.

El agente  que hace posible la operación metafórica de sustitución de la verdad por el saber inconsciente es el deseo del analista.

El deseo del analista, escrito por Lacan con la letra X, apunta a mantener abierta la pregunta por la verdad inconsciente del sujeto, ¿qué soy yo?, el tiempo necesario para que se realice un análisis, tiempo necesario para que venga a instalarse en ese lugar el saber inconsciente marcado por el sin-sentido, sin-sentido que habrá de ser franqueado lógicamente con una invención de saber, propia del Pase.

II.- El deseo de saber y el deseo del analista

Dominique Laurent en el  artículo “Le dire de l’analyste en question” publicado en Ornicar? Digital se pregunta cómo es posible que Lacan luego de haber sostenido la inexistencia del wissentreb freudiano, el deseo de saber, pasó a considerar su existencia, lo que J-A Miller llama “extraño deseo de saber en el psicoanálisis. Laurent plantea que eso solo fue posible al concebir al inconsciente, a su materialidad misma, como una dimensión significante “fuera de sentido”, es decir fuera del registro significante, en el plano de lo real.

Concebir al inconsciente en una dimensión más allá de lo simbólico implica situarlo en otro lugar diferente al  de la verdad. El analista puede así pasar a ocupar el lugar de un real y no el de amo de la verdad. De este modo pasa a ser posible relacionar el deseo del analista y el “deseo de saber”.

El “deseo de saber” en un primer momento se revela en la asociación libre, en el reenvío significante, en donde se desliza bajo la demanda de saber dirigida al analista la demanda de amor por parte  del analizante. Si el analista responde a la demanda de saber se cae en el discurso del amo en donde el S1, identificación del sujeto, hace trabajar al saber (S2) para producir goce (a). No responder generará progresivamente una suerte de borramiento del Otro, del analista, como lugar de destino de la demanda de saber,  abriendo la posibilidad del surgimiento del fantasma, colocando al deseo del Otro como vía privilegiada, lograda por el artificio de la experiencia analítica, de abordaje de lo real.

Se define de este modo la trayectoria metonímica de un análisis: de la demanda de amor al deseo de saber. Se trata de la metamorfosis de una posición subjetiva en una posición de enunciación que se logra al final de la experiencia, la transformación de la pregunta del “¿qué soy yo?  En una del orden del ¿qué quieres?  , conversión del ser del sujeto en un ser de deseo. El deseo ya no queda reducido al deseo del Otro sino al deseo de saber. Pasaje del pretendido deseo de saber del analizante al deseo de saber del analista.  Es lo que Lacan hace equivaler en La Proposición y en La Nota italiana. El deseo de saber se presenta en ese momento de la enseñanza de Lacan como la mejor expresión del deseo del analista.

III.- Presencia y deseo del analista

Sabemos por Lacan que el fantasma constituye la instancia de realización del deseo, del deseo del Otro, de allí que el deseo del analizante en la cura se encuentre totalmente alienado en el escenario fantasmático. Que surja en el análisis el deseo de saber implica una subversión del deseo en relación a la significación absoluta del fantasma, de tal modo que se puede establecer una relación de inversión proporcional: a mayor presencia de deseo de saber (deseo del analista) mayor alejamiento (atravesamiento) del fantasma del sujeto.

El fantasma constituye una ventana abierta sobre lo real, real representado en la escritura correspondiente como (a), objeto designado no solo como  consistencia lógica en referencia a la inconsistencia del Otro, del saber del Otro sino también como objeto de plus de goce. Lacan apunta por esta vía a ubicar al analista más allá del saber del Otro, el analista no solo es saber sino algo más: una presencia. De aquí su idea de la presencia del analista como una manifestación del inconsciente, integrada en el movimiento de pulsación propio del inconsciente.

La presencia del analista constituye para el analizante eso que permanece fuera del campo del saber en la experiencia analítica, fuera del registro simbólico: el goce. A partir de esta posición el analista coloca al sujeto en trance de una elaboración significante capaz de separarlo de sus identificaciones para lograr  despejar su modo de goce. Es la función, en términos lógicos, del deseo del analista la que permite operar al analista a partir de su presencia. Se ilumina retroactivamente de este modo la dimensión del acto analítico, “momento selectivo en el que el psicoanalizante pasa a psicoanalista”. [4]

El objetivo al que apunta el deseo del analista es al objeto (a) encarnado por la presencia del analista, un objeto muy particular del sujeto que produce el cierre del inconsciente, por tanto forma parte del concepto mismo del inconsciente, como afirma Lacan en el Seminario XI. La finalidad del deseo del analista es mantener la apertura del inconsciente, induciendo al sujeto a la producción significante que le permita cernir la causa del deseo, con la consecuente carga de horror. Accede de este modo el sujeto a aprehender la articulación del fantasma al objeto causa del deseo, acceso a lo real logrado gracias a la operación sostenida a lo largo del análisis por el deseo del analista.

IV.- Desecho y deseo del analista

Miller en un artículo publicado en la revista belga Quarto #56, titulado “El deseo de saber” plantea que el planteamiento del deseo de saber en psicoanálisis fue desarrollado por Lacan en tres tiempos:

1) El saber científico ha sido una necesidad previa para la instalación del discurso del psicoanálisis. El discurso científico posibilita la reducción del individuo al estatuto de sujeto del inconsciente, regido por leyes susceptibles de desciframiento.

2) Es gracias a la incompletud de la ciencia que el psicoanálisis pudo encontrar un lugar. La humanidad protestando la inhumanidad científica sitúa lo esencial del deseo en otra parte,  otorgando valor a la docta ignorancia en la que Lacan sitúa en un momento al psicoanálisis.

3) El psicoanálisis, y en particular el psicoanalista, es situado fuera de la docta ignorancia de la humanidad que protesta contra el discurso de la ciencia.

Este tercer tiempo introduce el deseo de saber. El deseo de saber que resulta de un análisis, deseo que constituye la matriz del deseo del analista, es totalmente diferente del deseo de no saber que habita la docta ignorancia, deseo propio de la estructura del síntoma neurótico. El analista, por su deseo de saber, se ubica por tanto como un desecho de la humanidad, que no quiere saber. De una cierta manera con el deseo de saber Lacan ubica al analista más bien del lado del saber científico.

El saber de la ciencia, situado en la acera de enfrente del llamado humanismo, es responsable, asevera Lacan en “La Nota a los italianos”, de haber transmitido a la docta ignorancia un deseo inédito: el deseo de saber del analista. Sin embargo, el deseo de saber no es ni el deseo de la ciencia ni el deseo de no saber de la docta ignorancia del humanismo.

 Como decíamos anteriormente el deseo de saber, en tanto deseo del analista, provoca al sujeto al trabajo significante, cuestionando la verdad, denunciando el saber, produciendo la caída de las identificaciones, despejando el modo de goce. Este no es el trabajo ni el producto que logra el discurso de la ciencia en el cual no hay un trabajo sobre el sujeto, de allí que la ciencia no esté hecha para el sujeto.

Lacan situando al psicoanalista del lado del saber científico invita al psicoanalista a darle un tratamiento al sujeto con los recursos de la ciencia, en esto consiste el deseo inédito del psicoanalista, el deseo de saber del analista. Conviene recordar que el saber en juego en la experiencia analítica no es el mismo de la experiencia científica: mientras la ciencia puede escribir un saber en lo real, el psicoanálisis solo puede escribir un no-saber puesto que el “rapport” sexual no es susceptible de escritura.

El psicoanalista desea saber, ocuparse, de la verdad del sujeto forcluída por la ciencia,  de allí que se constituya igualmente como desecho de la ciencia. Doble condición de desecho del deseo del analista como deseo de saber: desecho de la humanidad y de la ciencia. Miller en su artículo agregará un tercero: “desecho del modelo freudiano del psicoanálisis, que tropieza con el infinito del psicoanálisis”.

Agregaremos además que el psicoanalista que se logra al final del análisis que se ha topado con un punto de horror sobre su propia castración, elabora en el pase un saber sobre ello que lo acompañará en su propia practica: saber ser un desecho para un analizante, saber que se deriva del desprendimiento o de la separación  del valor de goce del objeto (a). Concluye de este modo la trayectoria iniciada con la pregunta ¿Qué soy yo?, con la respuesta de goce: “yo soy eso”, cernimiento del objeto causa sobre el que se constituye el deseo del analista.


Notas:

1.                  Lacan Jacques. Actas del Congreso de la ECF sobre la Transmisión en psicoanálisis. Inédito.
2.                  Lacan, Jacques. La Propositión du 9 de Octubre 1967 sur le psychanalyste de l’Ecole. Scilicet 1. Edit. du Seuil. París, p.21.
3.                  Lacan, Jacques. Note Italienne. Autres Ecrits. Edit. du Seuil, París, p.308.
4.                  Lacan, Jacques. Reseñas de Enseñanza. El acto psicoanalítico. Edit Hacia el Tercer Encuentro, Buenos Aires, p.47.
 


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