viernes, 8 de mayo de 2020

Lo insoportable y lo real


Es conocido el nombre que Lacan asignó a ese lugar que Freud había identificado con la frase que dio título a su célebre artículo Más allá del principio del placer. Ese nombre es el de "goce", diferente de la acepción etimológica relativa al placer. En la orientación lacaniana del psicoanálisis el goce es sinónimo de displacer y es lo que distingue a la satisfacción pulsional.
Tres ensayos para una teoría sexual fue el texto en donde Freud da cuenta en 1905 de la existencia de pulsiones sexuales en el niño, con el consecuente escándalo en la Viena de la época.
La inicial diferenciación de las pulsiones en yoicas y sexuales dio paso en la elaboración freudiana a la unificación recogida bajo el término "libido" en Introducción al narcisismo, 1914. Una nueva diferencia vendrá a instalarse a partir de la aparición de Mas allá del principio del placer, 1920, la libido estará ahora acompañada de la pulsión de muerte, formulación controversial para ciertos sectores del movimiento psicoanalítico. Lacan procede por su parte a unificarlibido y pulsión de muerte bajo el término de goce.
Para Freud la satisfacción de la pulsión se realiza en forma silenciosa, mientras que Lacan considera a la pulsión como acéfala desde el punto de vista subjetivo, vale decir adolece de representación, o lo que es lo mismo no existe significante que pueda ejercer tal función. Por tanto, la pulsión, la sustancia gozante, está adscrita al registro de lo real. Quizás no sea por azar que el vocablo infans encuentre su sinonimia en lo que no tiene voz, en lo silencioso, característica propia de la pulsión freudiana, que remite a la ausencia de significante, la condición acéfala de la pulsión señalada por Lacan.
Freud en Inhibición, síntoma y angustia, 1926, afirma que en el síntoma neurótico se realiza una satisfacción pulsional y Lacan en la inauguración de la Sección Clínica de Paris, en 1977, sostiene que el síntoma es "lo imposible de soportar". De aquí que se pueda decir que la satisfacción pulsional equivale a lo imposible de soportar. La satisfacción pulsional traduce lo insoportable para el "parlêtre". Así, "Lo insoportable de la infancia" reenvía a lo real del goce pulsional, propio del síntoma.
El goce consiste en la condensación antinómica entre placer y displacer, entre libido y pulsión de muerte. La reacción terapéutica negativa, expuesta en El yo y el ello, evidencia este aspecto condensatorio. Existe un apego al síntoma, a lo imposible de soportar, el sujeto sufre, pero al mismo tiempo no puede separarse del síntoma, se aferra a él. Freud infiere que en la dificultad para separarse del síntoma, en lo insoportable, algo se satisface: una pulsión.
El cuerpo ocupa una función de primer orden en la satisfacción pulsional, solo en un cuerpo puede tener lugar tal satisfacción. Para Lacan el cuerpo se presenta como una superficie de inscripción, ya sea para el goce pulsional como para lalengua, sinónimo de lo real sobre la cual el inconsciente elaborará su elucubración, la invención del saber cifrado que lo constituye.
Tanto el desvalimiento o desamparo del niño, la "hilflosigkeit" freudiana, ligada al trauma como generadora de angustia, como la dependencia del Otro del lenguaje materno, dejan marcas imborrables tanto en el "parlêtre" como en el sujeto, marcas de goce en el primero, marcas significantes en el segundo. Tanto las unas como las otras se presentan como reliquias del trauma fundante, del encuentro del cuerpo con lalengua, con lo real insoportable, con lo imposible.
Tanto la marca de goce en el "parlêtre" como la marca significante en el sujeto son susceptibles de la escritura S(A/), escritura del agujero en lo real y también del agujero en el Otro simbólico.
El agujero en lo real traduce lo imposible de soportar, el síntoma como instancia de goce en el parlêtre" mientras que el agujero en lo simbólico vehicula lo imposible de decir del sujeto.
Imposible de soportar del goce pulsional, imposible de decir, dos expresiones de lo real presentes en "lo insoportable de la infancia".

Identificación y real


A partir del trabajo de María Cristina Giraldo, en torno a la identificación y el Pase, me pregunto por la nominación de un AE; al parecer, ésta no basta por sí sola para que se instale una política del Pase en la Escuela. Hace falta algo más. Infiero que, ese algo más, la Escuela misma está llamada a regir, a instalar o a encausar.

Es cierto que existe una oposición evidente entre identificación y Pase. Plantearé que la constitución y el funcionamiento del grupo, generado por identificación, es el principal obstáculo que impide una política del Pase en la Escuela. El planteamiento de Giraldo, que aparece ya en el título de su trabajo, introduce la oposición entre identificación y Pase. Abordaré, en primera instancia, la cuestión de la identificación en la experiencia analítica, para pasar después a relacionarla con el Pase.

Como es harto conocido, Lacan define la transferencia a partir del Sujeto Supuesto Saber ―de ahora en adelante S.S.S―, que es una de las escrituras posibles para el Ideal en juego en la experiencia psicoanalítica: I(A). Es necesario que el saber pueda ser tramitado de la manera más conveniente en la cura psicoanalítica, pues de ese modo podrá emerger lo Real que subyace en el S.S.S. Éste puede llegar a constituirse en una fuerte defensa del sujeto para impedir la emergencia de lo Real. El objeto (a) es colocado bajo el lugar del Ideal, plantea Freud al final del capítulo VIII de su Psicología de las masas y análisis del yo. [1] Por su parte, en el capítulo XX del Seminario XI, En ti más que tú, Lacan habla, precisamente, de la resistencia ejercida por el amor de transferencia, el engaño del amor de transferencia.

Lacan plantea que las curvas del esquema final de Freud ―en el referido capítulo― son construidas para marcar la conjunción del objeto (a) con el Ideal del yo. Cuando se produce la coalescencia, la infiltración del Ideal del yo por el goce, se produce, en el análisis, el aferramiento al S.S.S con su correlato de resistencia, la del amor de transferencia. En este caso, no llega a generarse la destitución del S.S.S y, por tanto,  lo Real no puede emerger, desprenderse de las adherencias del goce, enraizadas en el Ideal del yo.

Lacan sugiere que el manejo de la transferencia, más que soportarse en interpretación alguna de la transferencia, está llamado a mantener la distancia entre el Ideal y el objeto (a), tal como es desarrollado en el apartado II del capítulo final del Seminario XI, cuando plantea la necesidad de mantener la distancia entre el Ideal, el punto desde donde el sujeto se ve amable ―susceptible de ser amado― y el objeto causa del sujeto.

El S.S.S encuentra dificultad en ser desmantelado, destituido, presentándose un reforzamiento del Ideal, punto fundamental en el proceso identificatorio, en tanto constituye también uno de los factores de conformación de la masa, del grupo: la identificación con el líder, ocupando el lugar del Ideal. Otro factor, constitutivo de la masa, viene dado por la identificación a los otros integrantes del grupo. Identificación vertical, hacia el líder, e identificación horizontal, entre pares, así las llamará Miller.

En este punto de la identificación al Ideal, de identificación al Padre, se sostiene la teoría del final del análisis, por vía de la identificación al analista, una identificación al Otro. Lacan plantea que existe un “más allá de esta identificación, y está definido por la relación y la distancia existente entre el objeto a minúscula y la I mayúscula idealizante de la identificación”. [2] Es lo que afirma María Cristina Giraldo al decir que “la identificación al sinthome ―a lo real― y no al Otro ―al Ideal― impacta en los fenómenos de grupo que se producen por identificación”. [3]

Miquel Bassols  afirma que la Escuela es “un tratamiento de lo real” [4], y esto va contra la identificación que forma al Ideal del yo; asimismo, dirá que la Escuela es una comunidad de los que no hacen comunidad ―paradoja de Russel: el conjunto de los barberos que no se afeitan a sí mismos―; vale decir la Escuela como una comunidad que no se funda en la identificación al Ideal del yo; una Escuela, como un analista, que surge a partir del tratamiento de lo Real. Sobre este aspecto se refiere, igualmente, Patrick Monribot [5]: “el discurso analítico objeta la doble misión del Ideal del yo: juntar a los individuos y enmascarar lo Real de la pulsión. El discurso analítico valoriza lo Real separando la función del velo del Ideal”. Pero no se puede suponer que el Ideal está enmascarado por completo de la vida funcional de una Escuela. La utopía de la “desidealización” absoluta conforma también un ideal. Sin ideal no existe comunidad de Escuela. La pregunta que se impone, plantea Monribot, es la siguiente: “¿Qué uso hacer del Ideal en una Escuela que toma en cuenta lo Real?”. Asimismo, señala que: “En una comunidad de Escuela cada uno tendrá que arreglárselas con su Ideal. Cada quien está solo en relación con el significante del Ideal que le sirve de modelo a seguir. La relación de goce de cada quien con el significante del Ideal no comporta un elemento que se pueda compartir. En la comunidad analítica, la causa es común pero no el vínculo que cada uno establece con dicha causa. Al final de un análisis, ese goce, singular de cada uno, se escribe en un sinthome”.

Un sujeto analizado entra en la Escuela a partir de su propio goce sintomático, totalmente diferente al del vecino. Es con esta “identificación al síntoma” que se hace lazo social en el seno de una Escuela. Una política del Pase, como política de Escuela, se asienta, en tanto en cuanto tratamiento de lo Real, en esta identificación al sinthome. Es que el final del análisis, signado por la identificación al sinthome, es algo susceptible de demostrar y el lugar para realizar tal formalización es la Escuela. El Pase, en esencia, realiza la función de anudamiento de la experiencia de un análisis a la experiencia de la Escuela. Giraldo sostiene que gracias a una torsión moebiana, que marca el pasaje lógico de la transferencia analítica a un algo, situado más allá, es que el analizante termina convirtiéndose en analista de la propia experiencia analítica. [6] Es eso, precisamente, lo que constituye la naturaleza del acto analítico: el pasaje del analizante, bajo transferencia, al analista, más allá de la disolución de la transferencia.   

Al final de la experiencia no sólo se deviene analista de la propia experiencia, sino también analista de la experiencia de la Escuela. Es esto lo que plantea Jacque-Alain Miller en su Teoría de Turín [7]: La Escuela igualmente es susceptible de análisis. El Pase no pude llegar a realizarse sin el correlato de un punto de horror, dado por la constatación de la existencia de una falla en el saber del Otro ― S(Ⱥ) ― a quien se le suponía un saber absoluto y total: el S.S.S. Esta falla, equivalente a la castración del Otro, no es fácil de asimilar, pues es sólo en la medida en que se asume la castración del Otro es que se puede asumir la propia castración, tal como plantea Freud en Análisis terminable e interminable. [8] El Pase, saldado a partir de la destitución del S.S.S, correlato de una inconsistencia del Otro, de la ex–sistencia de un agujero en el Otro, viene acompañado de un punto de horror, de angustia.

El matema S(Ⱥ) escribe el horror causado por el agujero en el Otro, momento de pase, de caída del Otro del Ideal y encuentro con el Uno del goce, del propio goce. El agujero de lo Real incide de la misma manera en el sujeto y en la Escuela, produciendo la caída, el atravesamiento de las identificaciones. La identificación en el sujeto encubre o recubre lo real en juego en la experiencia analítica. La identificación en la Escuela, expresada por los fenómenos de grupo, escamotea el acceso a lo real del Uno, que sirve de soporte al funcionamiento de una Escuela lacaniana de psicoanálisis. Así como el Pase, fundado en el agujero, marca el desmantelamiento de las identificaciones en el sujeto, una política de Escuela, centrada en el Pase, está llamada a operar sobre los fenómenos de grupo, basados en la identificación obscena que los sustenta. Bien señala María Cristina Giraldo que “la identificación al sinthome, y no al Otro, impacta en los efectos de grupo que se producen por identificación a aquello que se pone en lugar del S1”. El poder se asienta en el rechazo al saber supuesto y se sostiene en las identificaciones. Jacques-Alain Miller lo decía, que hay una manera de estar juntos en el grupo que no traduce otra cosa que la resistencia a la experiencia psicoanalítica, o a la represión del inconsciente.

Real – S(Ⱥ)  – Agujero = Pase
Identificación – Fenómenos de masa = Grupo

El agujero de lo real produce malestar. El malestar de Pase existe, en algunas ocasiones, en instituciones en donde se ha producido un AE. A pesar de la incidencia de la política del Pase, en la Escuela se genera mayor intensidad o cohesión de los fenómenos de grupo. Puede que la designación de un AE, en una sede, no haya estado acompañada por una política del Pase en la Escuela, en Una Sede. Al parecer, la presencia de un AE en una sede no basta, no es suficiente. Es condición necesaria, pero no suficiente, hacer coincidir al AE con una política del Pase en la Escuela. Me pregunto, entonces, ¿cómo se presentaría en los hechos tal incidencia del Pase en la Escuela? 

 
Notas:

1.- Freud, Sigmund. Enamoramiento e hipnosis, VIII. Psicología de las masas y análisis del yo, tomo XVIII. Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986.

2.- Lacan, Jacques. En ti más que tú. Los cuatro conceptos fundamentales en psicoanálisis, Seminario 11. Paidós, Buenos Aires, 2003, p.279.

3.- Giraldo, María Cristina. Conversación Clínica de la NEL. São Paulo, 2019.

4.- Bassols, Miquel. 2014. [En línea]. La Escuela y lo Real. Disponible en http://miquelbassols.blogspot.com/2014/01/la-escuela-y-lo-real.html.

5.- Conferencia de Patrick Monribot, ¿Por qué una Escuela lacaniana de psicoanálisis?  En la Sede de la NEL-México, octubre 2011.

6.- Giraldo, María Cristina. La Escuela: una respuesta a la oposición entre identificación y Pase. Conversación Clínica de la NEL. São Paulo, 2019.


9.- Freud, Sigmund. Análisis terminable e interminable. Obras completas, tomo XXIII (1937). Amorrortu editores, Buenos Aires, 1980.

lunes, 4 de mayo de 2020

Sobre el deseo del analista

Henri Matisse

Lacan considera al psicoanálisis como una experiencia intransmisible, razón fundamental por la cual cada psicoanalista está “forzado a reinventar el psicoanálisis”. [1]

Hablar de transmisión en psicoanálisis equivale a hablar de transmisión de saber, de tal manera que lo intransmisible en psicoanálisis está referido al saber.

Por ello cuando los psicoanalistas son llamados a reinventar el psicoanálisis se les invita a reconstruir, a reinventar un saber sobre eso que no se puede transmitir. Una afirmación análoga  plantea Lacan en la Proposición: “lo no sabido se ordena como el cuadro del saber”. [2]

La invención de saber sobre lo no transmisible de la experiencia constituye la esencia del procedimiento que Lacan llamó el Pase, uno de cuyos objetivos constituye el aislamiento, la identificación de un significante “fuera de cadena”, es decir fuera del conjunto del saber del Otro. Significante nuevo, nombre del goce reducido a la marca que designa el saber ser un deshecho de la llamada humanidad [3], tal significante nuevo deviene por tanto escritura del objeto (a).

En el pase el analista ha dado cuenta de una invención de saber que le ha permitido tener acceso a su posición de goce con su correspondiente correlato de horror. El analista del pase podrá entonces dirigir una cura a partir de una reducción al objeto (a) y en esta  operación será posible verificar el deseo del analista.

El deseo del analista participa en las diversas modulaciones del tiempo lógico de una cura psicoanalítica; ver, comprender, concluir. Es un hecho visible que los que acuden al psicoanálisis en busca de ayuda mejoran de lo que los aqueja, sin embargo ¿cómo comprender  de qué manera  el deseo del analista incide sobre lo real del goce del síntoma? Y También ¿cómo concluir, en términos de saber, de deseo de saber en tanto expresión del deseo del analista, lo que un sujeto al final de la experiencia ha ganado sobre ese real al situarse más allá del fantasma?

Trataremos de adentrarnos en tales cuestiones.

I)  La verdad y el saber en el deseo del analista

La cura psicoanalítica parte de un algoritmo para terminar en una letra, signo de un final. Tiene su punto de partida en el saber supuesto que inaugura la transferencia y concluye en la identificación de la marca producida por el objeto (a). Que la experiencia analítica se inicie con el sujeto supuesto saber no significa que la operación analítica sobre el síntoma se realice sobre el saber. Lacan nos enseña que tal operación es ejercida sobre la verdad del inconsciente implicada en el síntoma. Es lo que permite a Freud plantear la finalidad terapéutica de un análisis: levantar la represión para que pueda aparecer la verdad oculta, velada, en el síntoma. El desciframiento del elemento inconsciente del síntoma consiste en el otorgamiento de un sentido al significante reprimido.

En este contexto el inconsciente es planteado por Lacan como equivalente de la verdad y el deseo del analista es concebido como el deseo del Otro. Se trata de un deseo que coloca al analista en tanto Otro a  cumplir una función en varios sentidos: destinatario del síntoma, participante en el guion fantasmático, interprete del inconsciente del sujeto, amo de la verdad.

El deseo del analista se presenta en este plano como un correlato de la definición  del inconsciente como discurso del Otro. El deseo del analista como deseo del Otro viene a ser  no solo lo que facilita en la cura analítica el acceso al discurso del inconsciente sino lo que permite su interpretación: “el deseo es su interpretación”.

Para que la verdad del inconsciente pueda ser develada es necesario que el saber sea inicialmente puesto a un lado. Freud se muestra cartesiano cuando sugiere iniciar una cura ignorando, anulando, el saber que se pueda haber obtenido de experiencias anteriores.

Los efectos de verdad vendrán en la cura a ocupar el lugar vacío del saber, del sujeto supuesto saber, lugar que en ningún caso deberá ser asumido ni llenado por el analista. Progresivamente, gracias al discurso analítico, en el lugar de la verdad se ira situando un saber efectivo resultante del trabajo de elaboración analítica, lográndose así el viraje del inconsciente como verdad al inconsciente como saber o lo que es lo mismo el saber pasa a ocupar la posición de la verdad. Solo el discurso analítico logra esa conversión de  verdad en saber inconsciente, pues en el discurso del inconsciente existe un desencuentro entre la verdad y el saber.

Si bien la verdad del inconsciente es susceptible de revelación,  el saber inconsciente  será objeto de denuncia en el análisis, tal como lo señala Lacan en la Nota italiana: “La verdad solo sirve para hacer un lugar en donde se denuncia el saber”. ¿Y qué es lo que se denuncia? Tanto el sin sentido como  la inconsistencia del saber del inconsciente.

El agente  que hace posible la operación metafórica de sustitución de la verdad por el saber inconsciente es el deseo del analista.

El deseo del analista, escrito por Lacan con la letra X, apunta a mantener abierta la pregunta por la verdad inconsciente del sujeto, ¿qué soy yo?, el tiempo necesario para que se realice un análisis, tiempo necesario para que venga a instalarse en ese lugar el saber inconsciente marcado por el sin-sentido, sin-sentido que habrá de ser franqueado lógicamente con una invención de saber, propia del Pase.

II.- El deseo de saber y el deseo del analista

Dominique Laurent en el  artículo “Le dire de l’analyste en question” publicado en Ornicar? Digital se pregunta cómo es posible que Lacan luego de haber sostenido la inexistencia del wissentreb freudiano, el deseo de saber, pasó a considerar su existencia, lo que J-A Miller llama “extraño deseo de saber en el psicoanálisis. Laurent plantea que eso solo fue posible al concebir al inconsciente, a su materialidad misma, como una dimensión significante “fuera de sentido”, es decir fuera del registro significante, en el plano de lo real.

Concebir al inconsciente en una dimensión más allá de lo simbólico implica situarlo en otro lugar diferente al  de la verdad. El analista puede así pasar a ocupar el lugar de un real y no el de amo de la verdad. De este modo pasa a ser posible relacionar el deseo del analista y el “deseo de saber”.

El “deseo de saber” en un primer momento se revela en la asociación libre, en el reenvío significante, en donde se desliza bajo la demanda de saber dirigida al analista la demanda de amor por parte  del analizante. Si el analista responde a la demanda de saber se cae en el discurso del amo en donde el S1, identificación del sujeto, hace trabajar al saber (S2) para producir goce (a). No responder generará progresivamente una suerte de borramiento del Otro, del analista, como lugar de destino de la demanda de saber,  abriendo la posibilidad del surgimiento del fantasma, colocando al deseo del Otro como vía privilegiada, lograda por el artificio de la experiencia analítica, de abordaje de lo real.

Se define de este modo la trayectoria metonímica de un análisis: de la demanda de amor al deseo de saber. Se trata de la metamorfosis de una posición subjetiva en una posición de enunciación que se logra al final de la experiencia, la transformación de la pregunta del “¿qué soy yo?  En una del orden del ¿qué quieres?  , conversión del ser del sujeto en un ser de deseo. El deseo ya no queda reducido al deseo del Otro sino al deseo de saber. Pasaje del pretendido deseo de saber del analizante al deseo de saber del analista.  Es lo que Lacan hace equivaler en La Proposición y en La Nota italiana. El deseo de saber se presenta en ese momento de la enseñanza de Lacan como la mejor expresión del deseo del analista.

III.- Presencia y deseo del analista

Sabemos por Lacan que el fantasma constituye la instancia de realización del deseo, del deseo del Otro, de allí que el deseo del analizante en la cura se encuentre totalmente alienado en el escenario fantasmático. Que surja en el análisis el deseo de saber implica una subversión del deseo en relación a la significación absoluta del fantasma, de tal modo que se puede establecer una relación de inversión proporcional: a mayor presencia de deseo de saber (deseo del analista) mayor alejamiento (atravesamiento) del fantasma del sujeto.

El fantasma constituye una ventana abierta sobre lo real, real representado en la escritura correspondiente como (a), objeto designado no solo como  consistencia lógica en referencia a la inconsistencia del Otro, del saber del Otro sino también como objeto de plus de goce. Lacan apunta por esta vía a ubicar al analista más allá del saber del Otro, el analista no solo es saber sino algo más: una presencia. De aquí su idea de la presencia del analista como una manifestación del inconsciente, integrada en el movimiento de pulsación propio del inconsciente.

La presencia del analista constituye para el analizante eso que permanece fuera del campo del saber en la experiencia analítica, fuera del registro simbólico: el goce. A partir de esta posición el analista coloca al sujeto en trance de una elaboración significante capaz de separarlo de sus identificaciones para lograr  despejar su modo de goce. Es la función, en términos lógicos, del deseo del analista la que permite operar al analista a partir de su presencia. Se ilumina retroactivamente de este modo la dimensión del acto analítico, “momento selectivo en el que el psicoanalizante pasa a psicoanalista”. [4]

El objetivo al que apunta el deseo del analista es al objeto (a) encarnado por la presencia del analista, un objeto muy particular del sujeto que produce el cierre del inconsciente, por tanto forma parte del concepto mismo del inconsciente, como afirma Lacan en el Seminario XI. La finalidad del deseo del analista es mantener la apertura del inconsciente, induciendo al sujeto a la producción significante que le permita cernir la causa del deseo, con la consecuente carga de horror. Accede de este modo el sujeto a aprehender la articulación del fantasma al objeto causa del deseo, acceso a lo real logrado gracias a la operación sostenida a lo largo del análisis por el deseo del analista.

IV.- Desecho y deseo del analista

Miller en un artículo publicado en la revista belga Quarto #56, titulado “El deseo de saber” plantea que el planteamiento del deseo de saber en psicoanálisis fue desarrollado por Lacan en tres tiempos:

1) El saber científico ha sido una necesidad previa para la instalación del discurso del psicoanálisis. El discurso científico posibilita la reducción del individuo al estatuto de sujeto del inconsciente, regido por leyes susceptibles de desciframiento.

2) Es gracias a la incompletud de la ciencia que el psicoanálisis pudo encontrar un lugar. La humanidad protestando la inhumanidad científica sitúa lo esencial del deseo en otra parte,  otorgando valor a la docta ignorancia en la que Lacan sitúa en un momento al psicoanálisis.

3) El psicoanálisis, y en particular el psicoanalista, es situado fuera de la docta ignorancia de la humanidad que protesta contra el discurso de la ciencia.

Este tercer tiempo introduce el deseo de saber. El deseo de saber que resulta de un análisis, deseo que constituye la matriz del deseo del analista, es totalmente diferente del deseo de no saber que habita la docta ignorancia, deseo propio de la estructura del síntoma neurótico. El analista, por su deseo de saber, se ubica por tanto como un desecho de la humanidad, que no quiere saber. De una cierta manera con el deseo de saber Lacan ubica al analista más bien del lado del saber científico.

El saber de la ciencia, situado en la acera de enfrente del llamado humanismo, es responsable, asevera Lacan en “La Nota a los italianos”, de haber transmitido a la docta ignorancia un deseo inédito: el deseo de saber del analista. Sin embargo, el deseo de saber no es ni el deseo de la ciencia ni el deseo de no saber de la docta ignorancia del humanismo.

 Como decíamos anteriormente el deseo de saber, en tanto deseo del analista, provoca al sujeto al trabajo significante, cuestionando la verdad, denunciando el saber, produciendo la caída de las identificaciones, despejando el modo de goce. Este no es el trabajo ni el producto que logra el discurso de la ciencia en el cual no hay un trabajo sobre el sujeto, de allí que la ciencia no esté hecha para el sujeto.

Lacan situando al psicoanalista del lado del saber científico invita al psicoanalista a darle un tratamiento al sujeto con los recursos de la ciencia, en esto consiste el deseo inédito del psicoanalista, el deseo de saber del analista. Conviene recordar que el saber en juego en la experiencia analítica no es el mismo de la experiencia científica: mientras la ciencia puede escribir un saber en lo real, el psicoanálisis solo puede escribir un no-saber puesto que el “rapport” sexual no es susceptible de escritura.

El psicoanalista desea saber, ocuparse, de la verdad del sujeto forcluída por la ciencia,  de allí que se constituya igualmente como desecho de la ciencia. Doble condición de desecho del deseo del analista como deseo de saber: desecho de la humanidad y de la ciencia. Miller en su artículo agregará un tercero: “desecho del modelo freudiano del psicoanálisis, que tropieza con el infinito del psicoanálisis”.

Agregaremos además que el psicoanalista que se logra al final del análisis que se ha topado con un punto de horror sobre su propia castración, elabora en el pase un saber sobre ello que lo acompañará en su propia practica: saber ser un desecho para un analizante, saber que se deriva del desprendimiento o de la separación  del valor de goce del objeto (a). Concluye de este modo la trayectoria iniciada con la pregunta ¿Qué soy yo?, con la respuesta de goce: “yo soy eso”, cernimiento del objeto causa sobre el que se constituye el deseo del analista.


Notas:

1.                  Lacan Jacques. Actas del Congreso de la ECF sobre la Transmisión en psicoanálisis. Inédito.
2.                  Lacan, Jacques. La Propositión du 9 de Octubre 1967 sur le psychanalyste de l’Ecole. Scilicet 1. Edit. du Seuil. París, p.21.
3.                  Lacan, Jacques. Note Italienne. Autres Ecrits. Edit. du Seuil, París, p.308.
4.                  Lacan, Jacques. Reseñas de Enseñanza. El acto psicoanalítico. Edit Hacia el Tercer Encuentro, Buenos Aires, p.47.