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| Henri Matisse |
Lacan considera al psicoanálisis como una
experiencia intransmisible, razón fundamental por la cual cada psicoanalista
está “forzado a reinventar el psicoanálisis”. [1]
Hablar de transmisión en psicoanálisis equivale
a hablar de transmisión de saber, de tal manera que lo intransmisible en
psicoanálisis está referido al saber.
Por ello cuando los psicoanalistas son llamados
a reinventar el psicoanálisis se les invita a reconstruir, a reinventar un
saber sobre eso que no se puede transmitir. Una afirmación análoga plantea Lacan en la Proposición: “lo no
sabido se ordena como el cuadro del saber”. [2]
La invención de saber sobre lo no transmisible
de la experiencia constituye la esencia del procedimiento que Lacan llamó el
Pase, uno de cuyos objetivos constituye el aislamiento, la identificación de un
significante “fuera de cadena”, es decir fuera del conjunto del saber del Otro.
Significante nuevo, nombre del goce reducido a la marca que designa el saber
ser un deshecho de la llamada humanidad [3], tal significante nuevo deviene por
tanto escritura del objeto (a).
En el pase el analista ha dado cuenta de una
invención de saber que le ha permitido tener acceso a su posición de goce con
su correspondiente correlato de horror. El analista del pase podrá entonces
dirigir una cura a partir de una reducción al objeto (a) y en esta operación será posible verificar el deseo del
analista.
El deseo del analista participa en las diversas
modulaciones del tiempo lógico de una cura psicoanalítica; ver, comprender,
concluir. Es un hecho visible que los que acuden al psicoanálisis en busca de
ayuda mejoran de lo que los aqueja, sin embargo ¿cómo comprender de qué manera
el deseo del analista incide sobre lo real del goce del síntoma? Y
También ¿cómo concluir, en términos de saber, de deseo de saber en tanto
expresión del deseo del analista, lo que un sujeto al final de la experiencia
ha ganado sobre ese real al situarse más allá del fantasma?
Trataremos de adentrarnos en tales cuestiones.
I) La
verdad y el saber en el deseo del analista
La cura psicoanalítica parte de un algoritmo
para terminar en una letra, signo de un final. Tiene su punto de partida en el
saber supuesto que inaugura la transferencia y concluye en la identificación de
la marca producida por el objeto (a). Que la experiencia analítica se inicie
con el sujeto supuesto saber no significa que la operación analítica sobre el
síntoma se realice sobre el saber. Lacan nos enseña que tal operación es
ejercida sobre la verdad del inconsciente implicada en el síntoma. Es lo que
permite a Freud plantear la finalidad terapéutica de un análisis: levantar la
represión para que pueda aparecer la verdad oculta, velada, en el síntoma. El
desciframiento del elemento inconsciente del síntoma consiste en el
otorgamiento de un sentido al significante reprimido.
En este contexto el inconsciente es planteado
por Lacan como equivalente de la verdad y el deseo del analista es concebido
como el deseo del Otro. Se trata de un deseo que coloca al analista en tanto
Otro a cumplir una función en varios
sentidos: destinatario del síntoma, participante en el guion fantasmático,
interprete del inconsciente del sujeto, amo de la verdad.
El deseo del analista se presenta en este plano
como un correlato de la definición del
inconsciente como discurso del Otro. El deseo del analista como deseo del Otro
viene a ser no solo lo que facilita en
la cura analítica el acceso al discurso del inconsciente sino lo que permite su
interpretación: “el deseo es su interpretación”.
Para que la verdad del inconsciente pueda ser
develada es necesario que el saber sea inicialmente puesto a un lado. Freud se
muestra cartesiano cuando sugiere iniciar una cura ignorando, anulando, el
saber que se pueda haber obtenido de experiencias anteriores.
Los efectos de verdad vendrán en la cura a
ocupar el lugar vacío del saber, del sujeto supuesto saber, lugar que en ningún
caso deberá ser asumido ni llenado por el analista. Progresivamente, gracias al
discurso analítico, en el lugar de la verdad se ira situando un saber efectivo
resultante del trabajo de elaboración analítica, lográndose así el viraje del
inconsciente como verdad al inconsciente como saber o lo que es lo mismo el
saber pasa a ocupar la posición de la verdad. Solo el discurso analítico logra
esa conversión de verdad en saber
inconsciente, pues en el discurso del inconsciente existe un desencuentro entre
la verdad y el saber.
Si bien la verdad del inconsciente es
susceptible de revelación, el saber
inconsciente será objeto de denuncia en
el análisis, tal como lo señala Lacan en la Nota italiana: “La verdad solo sirve para hacer
un lugar en donde se denuncia el saber”. ¿Y qué es lo que se denuncia? Tanto el
sin sentido como la inconsistencia del
saber del inconsciente.
El agente
que hace posible la operación metafórica de sustitución de la verdad por
el saber inconsciente es el deseo del analista.
El deseo del analista, escrito por Lacan con la
letra X, apunta a mantener abierta la pregunta por la verdad inconsciente del
sujeto, ¿qué soy yo?, el tiempo necesario para que se realice un análisis,
tiempo necesario para que venga a instalarse en ese lugar el saber inconsciente
marcado por el sin-sentido, sin-sentido que habrá de ser franqueado lógicamente
con una invención de saber, propia del Pase.
II.- El deseo de saber y el deseo del analista
Dominique Laurent en el artículo “Le dire de l’analyste en question”
publicado en Ornicar? Digital se
pregunta cómo es posible que Lacan luego de haber sostenido la
inexistencia del wissentreb freudiano, el deseo de saber, pasó a considerar su
existencia, lo que J-A Miller llama “extraño deseo de saber en el
psicoanálisis. Laurent plantea que eso solo fue posible al concebir al
inconsciente, a su materialidad misma, como una dimensión significante “fuera
de sentido”, es decir fuera del registro significante, en el plano de lo real.
Concebir al inconsciente en una dimensión más
allá de lo simbólico implica situarlo en otro lugar diferente al de la verdad. El analista puede así pasar a
ocupar el lugar de un real y no el de amo de la verdad. De este modo pasa a ser
posible relacionar el deseo del analista y el “deseo de saber”.
El “deseo de saber” en un primer momento se
revela en la asociación libre, en el reenvío significante, en donde se desliza
bajo la demanda de saber dirigida al analista la demanda de amor por parte del analizante. Si el analista responde a la
demanda de saber se cae en el discurso del amo en donde el S1, identificación
del sujeto, hace trabajar al saber (S2) para producir goce (a). No responder
generará progresivamente una suerte de borramiento del Otro, del analista, como
lugar de destino de la demanda de saber,
abriendo la posibilidad del surgimiento del fantasma, colocando al deseo
del Otro como vía privilegiada, lograda por el artificio de la experiencia
analítica, de abordaje de lo real.
Se define de este modo la trayectoria
metonímica de un análisis: de la demanda de amor al deseo de saber. Se trata de
la metamorfosis de una posición subjetiva en una posición de enunciación que se
logra al final de la experiencia, la transformación de la pregunta del “¿qué
soy yo? En una del orden del ¿qué
quieres? , conversión del ser del sujeto
en un ser de deseo. El deseo ya no queda reducido al deseo del Otro sino al
deseo de saber. Pasaje del pretendido deseo de saber del analizante al deseo de
saber del analista. Es lo que Lacan hace
equivaler en La
Proposición y en La
Nota italiana. El deseo de saber se presenta en ese momento
de la enseñanza de Lacan como la mejor expresión del deseo del analista.
III.- Presencia y deseo del analista
Sabemos por Lacan que el fantasma constituye la
instancia de realización del deseo, del deseo del Otro, de allí que el deseo
del analizante en la cura se encuentre totalmente alienado en el escenario
fantasmático. Que surja en el análisis el deseo de saber implica una subversión
del deseo en relación a la significación absoluta del fantasma, de tal modo que
se puede establecer una relación de inversión proporcional: a mayor presencia
de deseo de saber (deseo del analista) mayor alejamiento (atravesamiento) del fantasma
del sujeto.
El fantasma constituye una ventana abierta
sobre lo real, real representado en la escritura correspondiente como (a),
objeto designado no solo como
consistencia lógica en referencia a la inconsistencia del Otro, del
saber del Otro sino también como objeto de plus de goce. Lacan apunta por esta
vía a ubicar al analista más allá del saber del Otro, el analista no solo es
saber sino algo más: una presencia. De aquí su idea de la presencia del
analista como una manifestación del inconsciente, integrada en el movimiento de
pulsación propio del inconsciente.
La presencia del analista constituye para el
analizante eso que permanece fuera del campo del saber en la experiencia
analítica, fuera del registro simbólico: el goce. A partir de esta posición el
analista coloca al sujeto en trance de una elaboración significante capaz de
separarlo de sus identificaciones para lograr
despejar su modo de goce. Es la función, en términos lógicos, del
deseo del analista la que permite operar al analista a partir de su presencia.
Se ilumina retroactivamente de este modo la dimensión del acto analítico,
“momento selectivo en el que el psicoanalizante pasa a psicoanalista”. [4]
El objetivo al que apunta el deseo del analista
es al objeto (a) encarnado por la presencia del analista, un objeto muy
particular del sujeto que produce el cierre del inconsciente, por tanto forma
parte del concepto mismo del inconsciente, como afirma Lacan en el Seminario
XI. La finalidad del deseo del analista es mantener la apertura del inconsciente,
induciendo al sujeto a la producción significante que le permita cernir la
causa del deseo, con la consecuente carga de horror. Accede de este modo el
sujeto a aprehender la articulación del fantasma al objeto causa del deseo,
acceso a lo real logrado gracias a la operación sostenida a lo largo del análisis
por el deseo del analista.
IV.- Desecho y deseo del analista
Miller en un artículo publicado en la revista
belga Quarto #56, titulado “El deseo de saber” plantea que el planteamiento del
deseo de saber en psicoanálisis fue desarrollado por Lacan en tres tiempos:
1) El saber científico ha sido una necesidad
previa para la instalación del discurso del psicoanálisis. El discurso
científico posibilita la reducción del individuo al estatuto de sujeto del
inconsciente, regido por leyes susceptibles de desciframiento.
2) Es gracias a la incompletud de la ciencia
que el psicoanálisis pudo encontrar un lugar. La humanidad protestando la
inhumanidad científica sitúa lo esencial del deseo en otra parte, otorgando valor a la docta ignorancia en la
que Lacan sitúa en un momento al psicoanálisis.
3) El psicoanálisis, y en particular el
psicoanalista, es situado fuera de la docta ignorancia de la humanidad que
protesta contra el discurso de la ciencia.
Este tercer tiempo introduce el deseo de saber.
El deseo de saber que resulta de un análisis, deseo que constituye la matriz
del deseo del analista, es totalmente diferente del deseo de no saber que
habita la docta ignorancia, deseo propio de la estructura del síntoma
neurótico. El analista, por su deseo de saber, se ubica por tanto como un
desecho de la humanidad, que no quiere saber. De una cierta manera con el deseo
de saber Lacan ubica al analista más bien del lado del saber científico.
El saber de la ciencia, situado en la acera de
enfrente del llamado humanismo, es responsable, asevera Lacan en “La Nota a los italianos”, de
haber transmitido a la docta ignorancia un deseo inédito: el deseo de saber del
analista. Sin embargo, el deseo de saber no es ni el deseo de la ciencia ni el
deseo de no saber de la docta ignorancia del humanismo.
Como
decíamos anteriormente el deseo de saber, en tanto deseo del analista, provoca
al sujeto al trabajo significante, cuestionando la verdad, denunciando el
saber, produciendo la caída de las identificaciones, despejando el modo de
goce. Este no es el trabajo ni el producto que logra el discurso de la ciencia
en el cual no hay un trabajo sobre el sujeto, de allí que la ciencia no esté hecha
para el sujeto.
Lacan situando al psicoanalista del lado del
saber científico invita al psicoanalista a darle un tratamiento al sujeto con
los recursos de la ciencia, en esto consiste el deseo inédito del
psicoanalista, el deseo de saber del analista. Conviene recordar que el saber
en juego en la experiencia analítica no es el mismo de la experiencia
científica: mientras la ciencia puede escribir un saber en lo real, el
psicoanálisis solo puede escribir un no-saber puesto que el “rapport” sexual no
es susceptible de escritura.
El psicoanalista desea saber, ocuparse, de la
verdad del sujeto forcluída por la ciencia,
de allí que se constituya igualmente como desecho de la ciencia. Doble
condición de desecho del deseo del analista como deseo de saber: desecho de la
humanidad y de la ciencia. Miller en su artículo agregará un tercero: “desecho
del modelo freudiano del psicoanálisis, que tropieza con el infinito del
psicoanálisis”.
Agregaremos además que el psicoanalista que se
logra al final del análisis que se ha topado con un punto de horror sobre su
propia castración, elabora en el pase un saber sobre ello que lo acompañará en
su propia practica: saber ser un desecho para un analizante, saber que se
deriva del desprendimiento o de la separación
del valor de goce del objeto (a). Concluye de este modo la trayectoria
iniciada con la pregunta ¿Qué soy yo?, con la respuesta de goce: “yo soy eso”, cernimiento
del objeto causa sobre el que se constituye el deseo del analista.
Notas:
1.
Lacan
Jacques. Actas del Congreso de la ECF sobre la Transmisión en psicoanálisis.
Inédito.
2.
Lacan,
Jacques. La Propositión du 9 de Octubre 1967 sur le psychanalyste de l’Ecole. Scilicet 1. Edit. du Seuil. París,
p.21.
3.
Lacan, Jacques. Note Italienne. Autres Ecrits. Edit. du Seuil, París, p.308.
4.
Lacan,
Jacques. Reseñas de Enseñanza. El acto psicoanalítico. Edit Hacia el Tercer Encuentro,
Buenos Aires, p.47.