En el escrito La
Psiquiatria inglesa y la guerra, Lacan destaca el trabajo realizado por
Rickmann y Bion en lo que respecta a la integración de soldados “irreductibles”
a una masa estable como lo es el ejército. Se trata de una temprana
consideración de Lacan sobre la lógica que subyace en el lazo social.
Eric Laurent afirma, en su artículo El racismo 2.0, que existe una diferencia notoria entre Freud y
Lacan en lo relativo al lazo social. Mientras el primero plantea su base de sustentación
en el líder, subrogado del padre, tal como es descrito en Psicología de las masas y análisis del yo, el segundo lo funda en un primer rechazo pulsional, lógica que
Lacan formula al final de El tiempo
lógico y el aserto de certeza anticipada, con los tres tiempos lógicos allí
presentados. La lógica colectiva que se desprende se soporta en la amenaza de
un rechazo primordial. Un hombre puede reconocerse como perteneciendo a un
conjunto humano en tanto rechaza a aquel o aquellos que no presentan el modo de
gozar propio del conjunto.
Lacan no basa la lógica del lazo social sobre la
identificación freudiana al líder, sino
sobre el rechazo al goce del otro ―Televisión dixit―; lo que sustenta el racismo y la identificación segregativa
es el rechazo al goce del otro. Así, en la raíz misma de la constitución del
lazo social, se encuentran presentes componentes de segregación y racismo. Estos
elementos constituyen el aderezo lacaniano al Malestar en la cultura freudiano, tal como se preguntaba Lacan en Alocución sobre las psicosis del niño,
pronunciada en octubre 1967. Se trata de saber cómo nosotros, los
psicoanalistas, vamos a responder a eso: la segregación puesta a la orden del
día por una subversión sin precedentes. Lo que comporta la matriz de la
identificación segregativa se asienta, por tanto, en lo real pulsional de un
goce no susceptible de inscripción en el registro significante.
En estos tiempos de cuarentena, ocasionados por el
coronavirus, asistimos a formas de segregación que se presentan por doquier. Es
conocido el considerable número de migrantes venezolanos que han decidido desplazarse
a ciudades de naciones vecinas, a causa de la crisis humanitaria que azota al
país. Así, asistimos a lo que se puede llamar una doble moral de ciertos
políticos en funciones de gobierno.
La alcaldesa de una importante ciudad latino-americana asume
su cargo a comienzos de este año surfeando una gran ola de popularidad, lograda
por presentarse como alguien de mentalidad muy abierta y de gran tolerancia por
las minorías. Luego de un primer momento, en que había demostrado complacencia
en acoger en la ciudad a “los hermanos venezolanos”, saca a relucir, en plena
pandemia, la xenofobia y el racismo que la habitan, bajo el velo de una demanda
que solicita que sean las autoridades nacionales y no las locales las llamadas
a ocuparse de esos migrantes que han invadido su ciudad y mermado su
presupuesto. Y al mejor estilo de la negación freudiana, afirma no ser xenófoba
para nada.
En varias ciudades del mundo se celebra y aplaude,
incluso a una hora fija cada día, la actuación valiente, desprendida, hacia los
pacientes afectados por el Covid-19, demostrada por médicos, enfermeras y
trabajadores de la salud. Recientes reseñas y testimonios dan cuenta de cómo,
al mismo tiempo, esos dignos “sanitarios” son objeto de discriminación y
rechazo por parte de vecinos, algunos que hasta ayer hacían semblante de
cordialidad y buen trato. Graffitis en muros y en los parabrisas de sus automóviles,
llamadas telefónicas, mensajes por las redes sociales, conminándolos a que cambien
de residencia, que se vayan de la urbanización, pues terminarán por contagiar a
todos. Los “sanitarios” son susceptibles de ser objeto
de la más indigna segregación y rechazo social, como viene de suceder el día de
ayer en una ciudad colombiana, donde un médico ocupado en tratar pacientes con
coronavirus terminó siendo expulsado por sus vecinos del condominio en el que
residía. No le quedó como respuesta subjetiva más que echarse a llorar.
Y si por desgracia alguien ha sido diagnosticado como
enfermo de coronavirus o ha sido hospitalizado, ni hablar de los efectos de sus
congéneres: rechazo, discriminación, segregación, racismo, absolutos. Hasta los
mismos médicos, que han realizado el diagnóstico, recomiendan a sus pacientes
la discreción más absoluta sobre el haber contraído la enfermedad, por temor,
precisamente, a la identificación segregativa. Esto lleva a pensar que las
cifras totales reportadas de contagiados y fallecidos, tanto a nivel local como
a nivel mundial, quizás no sean las más veraces.
El lazo social, ante situaciones contingentes, puede dejar
asomar su lado más oscuro y obsceno en su relación al Otro, al goce del Otro.
“En el extravío de nuestro goce solo el Otro puede
situarlo” ― Jacques Lacan. Televisión.

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