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| Katsushika Hokusai "The ghost of Kohada Koheiji" |
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La diferencia entre desangustiar y
desculpabilizar que propone tomar en consideración el discurso analitico, es
retomada y explorada para precisar la dimensión ética que se orienta a situar
la responsabilidad del sujeto. El tratamiento de la culpa en nuestra época por
la vía de la vergüenza el perdón y el síntoma, es desarrollado y entramado en
una perspectiva clínica que señala la diferencia entre desavergonzar, perdonar
o tratar el síntoma por la abolición del castigo.
Se ha constituido en una suerte de máxima lacaniana la oposición entre el
tratamiento de la angustia y el de la culpa: desangustiar no desculpabilizar.
La culpabilidad es uno de los efectos promovidos por la división del sujeto,
constituyendo un elemento crucial para el sujeto en la experiencia
psicoanalítica. Y es que cuando un sujeto accede a lo que Freud llamó el
sentimiento inconsciente de culpa existen sobradas razones para que ello se
produzca: el sujeto experimenta culpa por el hecho de gozar y hasta por el
mismo hecho de existir. [1] Lo que Lacan llamó el dolor de existir se sustenta
en la culpabilidad del sujeto por existir. En líneas generales podemos
preguntarnos sobre el tratamiento que nuestra contemporaneidad concede a la
culpa. Consideramos que tal tratamiento se sostiene en tres elementos:
vergüenza, perdón y síntoma.
La vergüenza es un afecto que adquiere un valor considerable en la acción
psicoanalítica, formando parte de la serie de la culpabilidad. Sentir vergüenza
es una forma de tratar a la culpa.
Freud estima que la operación psicoanalítica se funda en la verdad, en el
amor por la verdad, excluyendo toda ilusión y engaño. La ilusión y el engaño en
la neurosis cuando son develadas en el análisis producen vergüenza, vergüenza
causada por la culpa generada por el goce pulsional.
La vergüenza generada por el levantamiento del velo de la represión
inconsciente, constituye un índice de la teorización freudiana. Así, asistimos
en nuestro tiempo a una serie renovada de avergonzamiento. "Tener
vergüenza" parece haberse convertido en un síntoma mundial [2]. Lo que se
puede llamar el lenguaje de la vergüenza ha pasado a ocupar un primer plano en
la civilización contemporánea, al menos en ciertas latitudes.
En la experiencia psicoanalítica, so pena de caer en el dominio de la moral
y no de la ética, no se trata de desavergonzar, es decir de desculpabilizar,
dado que todo sujeto es responsable de su propio goce. Todo sujeto está llamado
a responsabilizarse de aquello que lo hace sentirse culpable. No es el Otro el
responsable de su vergüenza, de su culpabilidad; es el sujeto el llamado a
responsabilizarse. Es lo que Freud cuestionó a Dora al preguntarle qué tenía
ella que ver con eso de lo que se quejaba, introduciendo lo que Lacan llamó
"rectificación subjetiva en lo real". Lacan, en un capítulo de El
Seminario XVII, Los cuatro discursos del psicoanálisis, titulado el Analyticon
concluía diciendo a unos jóvenes revolucionarios en Vincennes que el régimen de
Pompidou los exponía diciendo: "mírenlos cómo gozan". El amo
pone al descubierto a quien no se hace responsable por su goce. El sujeto goza
y por eso se siente culpable y se avergüenza.
En la experiencia psicoanalítica es necesario que el sujeto se haga
responsable por su goce aunque ello implique avergonzarse. El goce del sujeto,
al tratar de ser tramitado por estas diversas vías pone al descubierto la
insuficiencia del Nombre-del Padre para dar cuenta del goce del sujeto.
Un registro distinto del tratamiento de la culpabilidad por la vergüenza,
lo encontramos en el perdón. El amo tramita la culpa por medio del perdón, que
otorga, señala Eric Laurent en un artículo llamado La vergüenza y el odio de
si, publicado en el libro Ciudades Analíticas.
El amo moderno pretende hacerse perdonar y perdonar por los daños causados.
El perdón se erige en elemento constitutivo de un nuevo discurso moral que
recorre el cuerpo de la sociedad actual, baste contemplar los millones de
pedidos de todo el mundo que claman por el perdón para un o una condenado a
muerte en cualquier parte del planeta. El perdón es lo que define
fundamentalmente el auge de una nueva religiosidad, la que más que una novedad
relativa a la creencia religiosa tradicional contiene una renovación de los
pedidos del perdón. Se trata de la búsqueda de la absolución de la culpa por
medio del perdón.
En el campo psicoanalítico no se contempla el perdón de los pecados
cometidos, se trata más bien de la elaboración o de la tramitación del goce
incluido en la repetición sostenida en la búsqueda de goce. El sujeto está
llamado a responder en nombre propio por el goce de la satisfacción pulsional
que genera culpa y malestar.
Una diferencia se eleva entre estos dos modos de tratamiento de la
culpabilidad. Entre la fijación al perdón, fijación a un régimen de goce,
procesado por el discurso del amo y la vergüenza, Lacan opta por la vergüenza
que puede ser generada por la acción psicoanalítica.
Al buscar el perdón el sujeto de la culpa busca cobijarse bajo el manto del
amo que puede perdonar. Es el tratamiento que da el S1 del amo a la culpa del
sujeto.
La tercera salida procesada por la culpabilidad está representada por el
síntoma. Aquí la acción no es ejercida a causa de la insuficiencia del Nombre
del Padre, ni por el cobijo que brinda el amo como sucede con el perdón. En el
caso del síntoma la instancia que opera es el superyo, tal como lo plantea
Freud a propósito de la llamada Reacción Terapéutica Negativa, en donde se
instala en el sujeto la necesidad del sufrimiento. Se trata de un factor moral
que encuentra satisfacción en la enfermedad, el sujeto, nos dice Freud "No
quiere renunciar al castigo del padecer", a causa de lo que él llama
el "sentimiento inconsciente de culpa". El superyo freudiano
empuja al goce presente en el sufrimiento del síntoma, inscrito como castigo en
el inconsciente y como satisfacción de las pulsiones del ello, asistimos aquí a
una confluencia del inconsciente y del ello. El castigo infringido por el
superyo a través del síntoma constituye una de las formas subjetivas de la
tramitación de la culpabilidad.
Frente a estas rutas que toma la culpabilidad el analista no está llamado
ni a desavergonzar, ni a perdonar, ni a tratar el síntoma por la abolición del
castigo. Ninguna de estas formas, condensadas en el término desculpabilizar se
corresponde con el nivel ético que sostiene al analista en su acto.
Tomemos el caso de un ejecutivo, consuetudinario seductor y Don Juan, que
viene de sufrir infidelidad por parte de su esposa. La culpa que siempre
experimentó por sus propias infidelidades le hace castigarse ahora cuando exige
a la esposa le cuente al detalle pormenorizado los encuentros sexuales de ella
con su amante.
El nivel de sufrimiento buscado y encontrado por este sujeto en el relato
de la esposa infiel da cuenta del uso auto-agresivo que el sujeto hace de la
narración escuchada. Una pulsión encuentra allí satisfacción de tipo masoquista
girando alrededor del objeto voz en la escucha que el sujeto realiza.
El sufrimiento del sujeto no logrará ser detenido desculpabilizándolo, pues
de hecho él también es responsable de su exceso de goce. La vía que logra
detener la auto-procuración de castigo y el sufrimiento concomitante viene más
bien por la vía de la rectificación subjetiva en lo real: en lugar de culpabilizarse
se trata de hacerse responsable de su elección de objeto de amor. Cuando se
casó él estaba en conocimiento de los múltiples amantes que habían pasado por
la vida de su novia y de alguna manera logra reconocer en el análisis que él
"sabía que en algún momento esto iba a suceder".
En eso de lo que ahora se queja el sujeto es responsable y es necesario
asumir esa responsabilidad en lugar seguir castigándose, primer paso en la
elaboración de su culpabilidad.
Desangustiar
Según François Leguil [3] la historia efectiva de la clínica de la angustia
no sobrepasa los 200 años, en el curso de ese tiempo tres tradiciones se han
disputado a esta clínica:
1.- La tradición médica sostiene el sustrato material del cuerpo como lugar
de la angustia. Para la medicina la angustia es física, tiene asiento en el
cuerpo. Actualmente se le ubica en relación a los neurotransmisores.
2.- Por su parte la tradición psicológica sostiene que la angustia es un
disturbio, una anomalía, que es considerada por la terapia cognitiva como una
anomalía de la capacidad del juicio y como una anomalía de la adaptación por la
terapia de la conducta.
3.- La tradición filosófica existencial u ontológica, por su lado considera
la angustia como una experiencia de alcance metafísico.
4.- Tendríamos aquí que situar una cuarta tradición, la tradición
freudiana. Habría que llamarla así: tradición freudiana pues ya La
interpretación de los sueños tiene más de 103 años de edad. La
consideración freudiana sobre la angustia rompe con las tres tradiciones
anteriores.
La clínica misma de la angustia deja ver que la angustia no guarda ningún
tipo de relación ni con un sustrato físico, ni metafísico, ni con ninguna
anomalía alojada en el juicio o en el comportamiento.
Del mismo modo no se puede afirmar que la angustia sea un concepto, tal
como sostiene Soeren Kierkegaard.
Freud sostiene que la angustia es algo que siente, que experimenta el
sujeto. No es un concepto, es un fenómeno o para ser más preciso se la ubica
como un afecto que invade al sujeto.
La angustia como fenómeno es inútil, la angustia no sirve para nada y en
ese sentido es expresión de goce. El goce es lo que no sirve para nada. No
tiene utilidad en el sentido del utilitarismo de Jeremy Bentham. Freud descubre
la función que ejerce la angustia. La angustia no es útil pero si tiene una
función. La esencia de la angustia es una función que se establece en un nivel
específico: a nivel de alarma, de señal. No se puede decir que la angustia
constituye un mensaje entre el sujeto y el Otro como si es el caso del síntoma.
En la angustia el sujeto se confronta con lo real, registro en el que
soporta la clínica de la angustia. Lacan ubica la función de la angustia entre
lo real opaco del goce y la dimensión del significante simbólico. La angustia
traduce la señal de la confrontación del sujeto con lo real del goce.
La angustia es el único afecto que no engaña en la medida en que no se deja
simbolizar por el Otro, que no se deja tramitar por el significante, por el
semblante. La angustia para Freud es una angustia-señal, señal de la presencia
de lo real. Presencia de una ausencia.
La angustia designa la Cosa, Das Ding, es decir lo que no está más, el
objeto primordial perdido para siempre. La primera y más original de las condiciones
que determinan la angustia es la exigencia pulsional creciente frente a la que
el yo se declara en situación de incompetencia o incapacidad. Precisamente
cuando la insistencia libidinal, la pulsión entre en franca contradicción con
el principio del placer, propio del yo, se genera ese displacer original que
será llamado por Freud angustia.
Si para Freud la angustia es la angustia-señal que prende la alarma en la
economía subjetiva, para Lacan la angustia responde como señal a dos
situaciones que son equivalentes [4]: i) la angustia es la señal del deseo del
Otro; ii) la angustia es la señal de la presencia de lo real, fórmula que vendrá a
sustituir la primera.
La primera situación nos conduce a plantear una íntima conexión con el
fantasma. Lo que habitualmente responde en el sujeto al deseo del Otro es el
fantasma. Si hay surgimiento de angustia frente al deseo del Otro es porque
algo ha estado sucediendo a nivel del fantasma, el fantasma ha dado un severo
traspié. El fantasma no es sino un espejismo, una ilusión neurótica de que el
sujeto detenta eso que le falta al Otro. Lacan planteará en su Seminario XX,
Aún, que al pretender el sujeto de la neurosis constituirse en el objeto
que le falta al deseo del Otro estamos en presencia de un semblante, es decir
el fantasma, y en particular el objeto en juego en tal instancia, el objeto (a)
sólo es un semblante, algo que viene a ocupar el lugar de lo que falta, de lo
que no está.
El objeto que el sujeto cree ser para el Otro en el fantasma, objeto (a)
que hace función de semblante viene a velar, a ocultar una falta, una ausencia.
Cuando cae ese velo, cuando por alguna razón el semblante cae de su posición,
queda al descubierto lo que está detrás del velo: la falta.
En lo anteriormente expuesto se basa Lacan para sostener su idea de que la
angustia es señal de lo real del goce, índice del Das Ding perdido para
siempre.
El develamiento del engaño fantasmático que ubica al sujeto en el deseo del
otro genera la angustia. Para decirlo con Freud, surge la angustia como señal
de la castración del Otro. Castración que no puede ya ser velada por el objeto
(a) como semblante.
La segunda fórmula de Lacan sobre la angustia, fórmula que vendrá a
imponerse sobre la primera, en tanto es su consecuencia: la angustia es la
señal de la presencia de lo real. Si la primera fórmula define la angustia a
partir del deseo, del deseo del Otro, esta fórmula aborda la angustia por la
vía del goce como real y la certeza que de él se desprende.
La angustia como correlato de lo real está relacionada con el objeto
angustiante. El exceso de goce aportado por el objeto de la pulsión engendra
angustia. Se trata de objetos de la pulsión que tienen evidentemente
implicaciones corporales. Sin embargo los objetos de la pulsión no son otra
cosa que sustitutos del Das Ding, La Cosa. La presencia del objeto pulsional,
presencia de goce que no puede ser tramitada, causa angustia en la medida en
que viene a constituir un index, un indicador de la existencia de un vacío que
no puede ser llenado por ningún objeto sustituto. Se trata de un vacío que no
puede ser representado ni por la imagen ni por el significante. Es este vacío
lo que constituye la estructura de (a).
La angustia podrá ser tramitada por el analista a partir de dos vías:
primero, el camino del deseo; y segundo, la vía del acto como respuesta ante
ese real pulsional que escapa a la acción del significante.
El camino del deseo: si sabemos que la angustia surge cuando el sujeto
pierde la certeza fantasmática sobre el deseo del Otro, la ruta a seguir pasará
necesariamente por la consideración de que el Otro y su deseo están lógicamente
implicados en la generación de angustia. El tratamiento analítico de la
angustia se apoya en el cuestionamiento sobre el deseo y lo que le es
co-sustancial, es decir la interpretación. Toda interpretación, plantea Lacan,
es interpretación del deseo, del deseo del sujeto frente al Otro.
Un caso clínico puede venir a
ilustrar esta indicación
Una joven mujer con una historia de dificultades para conseguir entablar
relaciones amorosas, a causa de tener la convicción de ser poco interesante y
poco valiosa para un hombre, conoce a un compatriota en el extranjero en
ocasión de un viaje de vacaciones. Una cena, mirar juntos una película y un
solo encuentro sexual, desembocaron en el establecimiento de la pareja en la
casa de ella una semana después del regreso de ambos del extranjero. El
enamoramiento y la pasión inicial, creando la ilusión de la complementariedad
del amor, dieron paso progresivamente al surgimiento de una pregunta insistente
y cada vez más frecuente que ella le dirigía a él: en el momento más
inesperado: "¿Tu me quieres?". De nada valía la respuesta repetida de
manera infinita por él, la convicción neurótica de ella, basada en el fantasma
de no ser importante para el Otro, desembocó en la ruptura de la pareja al
asistir a la caída del semblante construido.
La ruptura amorosa y la pérdida del objeto amado desencadenan una crisis
sostenida de angustia que por poco termina en hospitalización. La pregunta por
el deseo en esta joven y la interpretación de que ella utilizó el escenario de
la pareja para confirmar su posición fantasmática en la que ella ocupa el lugar
de un objeto devaluado para el Otro, logró bajar a niveles soportables el
montante insoportable de la angustia inicial.
Se suma a la reducción de la angustia una situación laboral que permitió la
metonímia de la angustia, aunque ésta persiste ante el menor recuerdo de la
pérdida del objeto amado bajo la pregunta: "¿Pero, qué fue lo malo que yo
hice?".
Dedicada a la investigación científica, el fantasma que define su posición
de sujeto también infiltra ese campo. Dado que debe presentar un trabajo de
ascenso en la institución en la que labora, está llamada a presentar a su tutor
resultados parciales de su investigación. Presentaciones a las que asiste
cargada de angustia al suponer que las investigaciones que adelanta no sirven
para nada. A cada ocasión, sin embargo, recibe el reconocimiento de su superior
quien la alienta a seguir adelante en su elaboración. Se establece entonces un
vicio circular: tranquilidad por unos días, trabajo en su investigación,
surgimiento renovado aunque decreciente de angustia ante la vecindad de una
nueva presentación y vuelta al punto de partida.
El reconocimiento del funcionamiento del fantasma, la metonimia del objeto
de angustia y el tratamiento fraccionado y progresivo de la puesta en escena
del fantasma en relación al Otro del tutor de investigación han logrado una
disminución considerable de los niveles de angustia en esta mujer.
La relación con el Otro, la certeza del fantasma de ocupar un lugar de
objeto devaluado por el Otro, constituyen una respuesta del sujeto frente al
deseo del Otro. Esta respuesta constituye, más allá del registro del deseo, la
expresión de una irrupción pulsional en la que este sujeto se hace equivaler a
un objeto despreciable, objeto de desecho en donde se satisface la pulsión
anal. Enfrentada a la exigencia de la pulsión el fantasma, que trata de
tramitarla por medio de la relación con el Otro, resulta insuficiente. Surge
así la angustia como señal de la irrupción de un objeto pulsional que no es
otra cosa que un sustituto, un index de goce del vacío dejado por Das Ding, por
La Cosa perdida para siempre.
Operar por la vía del acto analítico en este caso ha consistido en que el
analista no se hizo cómplice de su posición fantasmática, lo que se ha logrado
realizar por dos maniobras: manteniéndole lo más alto posible para ella los
honorarios de sus sesiones, y por otro lado dándole continuas muestras de que
ocupa un lugar no despreciable para su analista. Maniobras que le han permitido
colocar hasta ahora a su análisis en un punto situado a distancia del fantasma
masoquista que la acompaña.
Notas:
1.- Laurent, Eric,
"Desangustiar", en: Ciudades Analiticas, Ed. Tres Haches, Bs.
As., 2003, pág. 9.
2.- Laurent, Eric, "La
vergüenza y el odio de si", en: Ciudades Analíticas, Ed. Tres
Haches, Bs. As., 2003, pág. 148.
3.- Leguil, François, La lettre mensuelle # 231, pág. 14.
4.- Miller, J.-A., Curso 2003-2004, Lección #18 (2-06-04), Inédito.